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Akira de Katsuhiro Otomo

Si acaso existe un parteaguas en la historia entera del anime, esta quedaría marcada por la aparición en 1988-89 de una cinta apocalíptica, impresionante y profunda, como nunca antes se había presenciado en las producciones animadas. Esta película se llamó Akira, y su creador fue el enorme Katsuhiro Otomo. Este autor japonés ha destacado mundialmente; primero en el manga monumental en el que se basó Akira, que inició en 1982 y culminó hasta 1993; y luego por medio de diversas producciones cinematográficas magníficas, entre las que destacan Robot Carnival (1987), NeoTokio (1987) o Memories (1996); pero sobre todas ellas la antológica Akira, historia compleja y demandante, de cataclismos cósmicos, devastaciones de dimensiones bíblicas, y por encima de todo evoluciones inéditas del ser humano hacia la trascendencia absoluta.

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En un mundo devastado y caótico, próximo a su final, grupos de punkies motorizados se disputan el control de una metrópolis desquiciada. Un grupo de ellos en especial es bastante feroz y triunfante: la que dirigen Kaneda y su compañero Tetsuo. (Aunque este último siempre se ha sentido opacado por el liderazgo de Kaneda). Pronto en un accidentado encuentro, se topan con unos extraños niños envejecidos, custodiados secretamente por el gobierno: esto desencadenará en Tetsuo una transformación prodigiosa llena de poderes sobrehumanos. Su furia tanto tiempo contenida pronto se verá liberada, y el universo entero en riesgo ante su hambre de serlo en Todo. Sólo el valiente de Kaneda y su amada, la joven rebelde Kai , serán capaces de hacerle frente en una secuencia tremenda, emocionante e increíble. Otomo ha condensado toda la rara fuerza del cine de Stanley Kubrick y la monumentalidad del Paraíso Perdido de John Milton, en la colosal batalla entre un Kaneda- ícono otaku en su emblemática motocicleta roja y con su bazooka laser, contra un Tetsuo a la Cronenberg lleno de tumores y fuerzas siderales, cual oscuro semidios griego; es un triunfo de proyección artística en todos los sentidos, y ese final críptico en el que por fin hace su breve aparición, el ente que se ha dejado sentir durante todo el tiempo de la grave trama, el legendario niño Akira, la evolución divina de una especie que ha agotado todas sus formas posibles de ser en el Ser. En esta película bien podríamos hallar bien ejemplificada la diferencia de Nietzsche entre el héroe y el suprehombre: Kaneda es un héroe que se afirma a sí mismo, pero nada más: derrota al monstruo y salva su mundo, en ruinas si, pero ya purificado y auroral. En cambio el villano Tetsuo en cierta manera al perder, se vence a sí mismo y accede a un estado diferente de conciencia: ahora es Akira, ahora es Tetsuo, ahora es Todo; como un eco divino que forja infinitos cada vez que proclama: Yo soy el que Soy.

Definitivamente una obra maestra; la recomendamos fehacientemente, y la analizaremos más a fondo, de manera paulatina para ustedes, aquí en blOtaku.

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