Heidi: El Viejo de los Alpes en su espera
Cuantas ocasiones se nos va la vida aguardando la oportunidad de ser distintos y mejores y esta nunca se presenta. Cualquier relajación en la constancia, cualquier tentación, impensables debilidades nos arrojan de nuevo a lo más oscuro de nosotros, indefectiblemente. Y sin embargo muchas de estas caídas son acaso motivadas por no buscar el soporte motivador adecuado sino en lo material, lo mundano más burdo. Quizá sea en las cosas pequeñas de los días, los ínfimos tesoros de valía inmensa de lo cotidiano donde podamos acceder a esa fuerza transformadora que nos permita ser los mismos pero ahora en una pluralidad de sentimientos y sabidurías de vida antes impensables. Podemos ver algo así como lo anteriormente comentado en el personaje del hosco viejo de los Alpes, el de la bella novela de Johanna Spyri “Heidi”, el mismo que traspaso con arte maestro al anime, Hayao Miyazaki y sus colaboradores en la entrañable producción de 1974 Arupusu no Shojo Haiji.

El abuelo de Heidi fue en su juventud un hombre temible, de turbias andanzas pendencieras. Por sus vicios y problemas, por su carácter irascible, lo perdió todo, a su familia incluso, y harto del mundo civilizado se retiró a la soledad consoladora de las cumbres. En la aldea de Dorfil todos le miran con miedo y recelo. Por lo tanto el viejo los trata lo menos posible: a veces va a vender su leche, sus tallados. A cambio le dan víveres, provisiones, eso es todo. ¡Cuantas ocasiones no desearíamos mandar todo a volar y huir a un sitio como este, los Alpes suizos, elevados, ajenos, puros en su agreste inocencia!. Pero es en ese mismo frío y bello sitio, en donde el mundo le tiende la mano al orgulloso viejo. Heidi llega a su morada; hija de su querido vástago, cuyo fallecimiento terminó por enfurecer la existencia del anciano, llenándolo de encono y rabia contra la vida y sus cosas. Y sin embargo en Heidi, el abuelo encuentra una nueva oportunidad de ser diferente y redimirse de sus fallas. ¿Qué magia la de esta pequeña que es capaz de encontrar en cada situación cotidiana la luz del milagro, el misterio de lo divino, lo que le da valor a las cosas? Que alegría el haberla encontrado, asimismo el dolor de perderla y la emoción volverla a recuperar. Porque en Heidi, el Viejo de los Alpes deja de ser sólo eso, para poder ser además, el Abuelo de Heidi, es decir, un ser para otro, una existencia con sentido, ya no arrojada a lo incierto, sino pensada como una oportunidad de relacionarse en el otro y su propia circunstancia. Al final de la obra vemos al Abuelo con Heidi instalados en la pequeña aldea de Dorfil, integrados a la comunidad. Heidi es para el Abuelito, la oportunidad de expresarse, de dar cauce al sortilegio del corazón henchido de aire de montaña, de compartir con todos la voz profunda de los abetos al viento, las voces de otredad de las cumbres al fuego del ocaso. Heidi en su noble inocencia es palabra, es ser- con- el- otro en un abrazo abierto al mundo. No hay que olvidar pues que la espera del viejo de los Alpes, pude ser la nuestra, y su luz de vida jubilosa y renovada, nuestra propia oportunidad de luz, sonrisas y esperanza.

Escribe tu comentario aqui.
esta es una serie que cuando tengo oportunidad de ver algun capitulo de ella lagrimas salen de mis ojos, debido al gran sentimiento que se desprende de ella.
soy un amante enfermizo de la naturaleza y cuanto desearia vivir en un sitio parecido a la casa del viejo de los alpes
hola heidi es mi preferida
hola como estan esta historia es muy bonita